martes, 21 de septiembre de 2010

Él, tú. Vosotros.


Los copos de nieva se dejaban caer cómodamente en el alfeizar de su ventana, formando un confortable manto blanco que parecía invitar a un apacible sueño.
Ella, más ausente y en su mundo que presente en su tiempo y espacio, cavilaba entre las diferentes opciones que tenía mientras admiraba el invernal y bello espectáculo, con su barbilla apoyada en sus brazos cruzados sobre el raíl de la ventana.
Podría hablar con él, podía contarle que todo lo había hecho por su bien, que jamás había querido herirle, que aquella chica no le convenía y que ella era quien de verdad le amaba. Chasqueó la lengua, molesta, harta de si misma. Dejó a un lado la nevada y sus pensamientos y se apoyó en la pared para sentarse a los pies del ventanal, cerca del radiador, única fuente de consuelo al alcance de sus manos. Se frotó la frente y se masajeó las sienes. ¿Qué había hecho? Lo que hacía siempre. Herirle sin mayor intención que ayudarle. Ella sabía lo que le convenía a él; le convenía ella, ella y solo ella. Ninguna rubia explosiva con andares coquetos y mirada lasciva. Adquirieron sus dulces ojos chocolate un matiz de odio al acudir esos pensamientos a su inocente cabeza. No duró mucho aquella imagen, pues pronto acudió ante sus ojos su imagen nítida y clara, aquellos ojos azules, esa sonrisa dubitativa sonriéndola solo a ella. Ella y él. Él y ella. Formaban uno, pero él no quería verlo. Esta vez se había pasado al haber irrumpido en su casa sin avisar, alegando la inaceptable excusa de que se había dejado el bolso. ¿Qué bolso te vas a haber dejado, estúpida? Hacía semanas que no pasabas por allí. Pero tu objetivo estaba cumplido. Mas pronto te arrepentiste ¿verdad? Al ver su expresión de decepción mirándote de nuevo desde el sofá, mientras se abrochaba los abotonados Levi's que a ti tanto te gustan desde que los usaba en el instituto. Siempre le acompañabas a comprarse el mismo modelo, le quedaba tan bien que no le dejabas probar con otro si iba de compras contigo. Tú, siempre tú. Amiga y compañera hasta en las situaciones más insospechadas; cuando sus padres le pillaron con su desafortunado primer porro; cuando perdió eso que tu tanto querías con alguien que no eras tú; cuando te contaba sus primeros sentimientos como enamorado; cuando entró en la universidad; su primera borrachera, una de tantas que compartió contigo más tarde...Y ahí estás, sola, una vez más. Por quererlo tanto, por quererlo tanto y tan mal, por no saber decirle adiós, por quererlo solo para tí, sabiendo que él quiere a todas menos a tí. Es duro, y prefieres engañarte pensando que el teléfono sonará y que oirás su voz aniñada y a la vez varonil, aquella por la que mueres por un susurro en tus cándidas orejas.
Pero el teléfono no sonó esa última vez, porque así era; era su última vez. Jamás serían amigos, jamás volverían a comprar unos Levi's juntos; jamás ella le interrumpiría en pleno encuentro furtivo con cualquier muchacha que había conocido bebiendo cervezas y jugando al billar mientras ella miraba, apartada desde la esquina más oscura del bar, aquella que era cómplice de sus lágrimas y lamentos. Nunca más. Y ella lo sabía. Y las lágrimas que comenzaron a derramarse por sus sonrosadas mejillas también, todo su cuerpo era consciente y lo demostró en una convulsión dolorosa desde lo más hondo de su alma. Se odiaba a ella misma, tantos años para un final tan triste, tantos intentos para no recibir más llamadas, para no ser nadie más, nunca. Nunca nadie más. No sin él.
Se frotó las manos y miró de nuevo por el cristal, la ciudad ni siquiera estaba hermosa aquella mañana de diciembre, nada le parecía hermoso. Ni siquiera el tintineo agradable de la campanilla que indicaba que alguien requería su presencia en el otro extremo de la casa. Siempre le resultaba tan agradable aquel sonido. Sin embargo no se levantó, no tenía fuerzas, no tenía vida en sus venas, no al recordar su cara, la cara del joven al que llevaba amando desde el momento en que clavó sus pupilas en las suyas. Aquellos ojos azules... Sonrió, con lástima y con pesar. De nuevo el tintineo de la campanilla. Se limpió las lágrimas y miró el reloj. Sería su madre, llevándola la comida de los domingos, llevaba haciéndolo desde que se había ido de casa hacía dos años, pobre mujer, se recorría toda la ciudad para ver a la tristeza en persona, a unos ojos antaño llenos de vida y amor, ahora corrompidos por el dolor de otra clase de amor, el no correspondido.
Arrastró los pies descolocando la alfombra del pasillo, se miró al espejo. Realmente daba pena. Buscó las llaves sin molestarse en mirar por la mirilla. ¿quien más podría ser? Todo le daba igual ahora.
El sonido de la campanilla volvió a sonar pero se interrumpió con la apertura de la puerta.
Su corazón se desbocó, sus labios se quedaron sin riego y sus mejillas se decoloraron, sus ojos se quedaron secos y sus manos comenzaron a temblar mientras agarraban el pomo asfixiado ya por aquella fuerza desmesurada. Temió desvanecerse, temió caer al suelo como la piedra en que se había convertido. Todo aquello era demasiado. Estaba mentalizada, quería llorar, llorar y deprimirse, odiarse, pero no tener alucinaciones.
De nuevo sus ojos, aquella sonrisa, bajó la mirada; no llevaba los Levi's, pero era él. ¿Qué haces aquí? Deberías odiarme. Deseó decir, mas la interrogación solo quedó plasmada en sus ojos, anhelantes de amor y de perdón, al menos eso, perdón. Y de un abrazo de los suyos, aquellos que la hacían sentir en otra galaxia, en el mundo donde solo algunos alcanzan a llegar. Allí donde dicen que habita la felicidad.
El la respondió encogiéndose de hombros y tendiéndola un pequeño bolso marrón de piel, le sonó familiar. Lo cogió con las manos blanquecinas y temblorosas. Era suyo, ¿casi ni lo recodabas verdad? Hacía tanto tiempo que te lo habías dejado en aquel piso de la primera calle doblando a la derecha en la gran avenida. Pero era tuyo, tu bolso, aquel que sí te dejaste olvidado, aquel que debías tener y el que fuiste a recuperar enel momento, ahora lo sabes, más oportuno. Porque en el fondo te pertenecía y lo sabías. Y él ahora también lo sabe. Y da un paso hacia delante y te coge la mano mientras te pasa los dedos suavemente por tus mortecinos labios, que reaccionan con mariposas ante el roce, deseado roce...
Y avanzas otro paso; lo siento, expresas con esos ojos por los que él lleva loco años sin saberlo, el simplemente cierra los suyos aceptando tu perdón y declarándote el suyo. Tu sonríes, ya no amargamente, si no feliz, pero discretamente, con miedo de estropearlo, como siempre haces con todo. Pero aquel momento es tuyo, todo tuyo. Disfrútalo. Y me haces caso, y dejas caer el bolso de tus dedos y los llevas a sus mejillas rasposas, pobladas por aquella barba rubia que tanto te gusta. Y por fin, después de tantos años el te abraza como nunca, te besa como jamás besó y como nunca lo hará. Porque sí, tenías que meter la pata tantas veces, hacerle pensar que estabas loca, irrumpir en su casa, llorarle sin motivos solo para sentir como sus brazos te consolaban, quererle en secreto, estar siempre a su lado, comportarte como una obsesiva compulsiva, tenías que hacer que acabara odiándote para que al fin se diera cuenta de que es incapaz. Tenías que ser tú para que el pudiera ser él. Para que pudierais ser vosotros.