sábado, 3 de diciembre de 2011

Octubre en Madrid.


Las manos de ambos, entrelazadas, jugaban con los dedos del otro buscando un poco de calor en aquella noche de principios de otoño. Sus pasos, sin rumbo ninguno, se dejaban llevar por la intuición y por la curiosidad, buscando caminos que nunca antes hubieran pisado juntos. El embrujo de la noche en la capital les envolvía con un manto invisible del que ellos todavia no habian tenido constancia. El boulevar más importante de la metrópoli dormía silencioso, solo perturbado por algún rezagado o algún pobre hombre en desgracia que tenía que usarlo como pensión. Ellos, intimidados por el mutismo que poblaba aquel parque fantasma, no se vieron capaces de romperlo. Tampoco era necesario, sus miradas de soslayo, tiernas e intrusas, se buscaban entre sonrisa y sonrisa, sintiéndose los príncipes de aquel pequeño reino bucólico que les había regalado la ciudad.
Ella tiró de su mano sin decir nada, él, como hacía siempre, la siguió sabiendo, no sin pesar, que eso sería lo que siempre desearía hacer. El columpio se alzaba señorial en medio del resto de atracciones mediocres del lugar y ella, hipnotizada por su inocente encantamiento, no dudó en tomar asiento e invitarle a hacer lo mismo con un sutil gesto de sus manos. Con una pequeña recesión a la infancia el impulso de balancearse les invadió a ambos, las ganas de sentir la brisa nocturna y el silencio contra su rostro hicieron el resto. Prescindiendo de las palabras permanecieron bailando al son del balanceo durante unos minutos mientras ella cerraba los ojos y sonreía para si misma con timidez, echando su cabeza hacia atrás, provocando una cascada de color al dejar caer hacia el suelo su melena color chocolate. Él simplemente la observaba, preguntandose si algún otro instante de su vida había sido tan perfecto.
Sus pies la hicieron frenar y levantando una tormenta de arena contaminó el aroma del ambiente que poco a poco les había ido cautivando. Los ojos de ambos se descubrieron mirándose una vez más, pero no como todas las veces anteriores, el manto invisible estaba cayendo de manera mas pesada sobre sus jovenes corazones, haciendoles notar una presión infinitamente dulce en su pecho. Los dos se levantaron como guiados por una voz inaudible, foránea a su universo personal y a la vez partidaria de la emboscada de sentimientos que acababa de alcanzarles. Él rodeo su pequeño cuerpo son un solo brazo y ella se alzó sobre las puntas de sus pies para poder alcanzar sus labios, en los que, en ese instante, deseaba perderse para el resto de sus días.

http://www.youtube.com/watch?v=Q-hBbiJpxTo

No hay comentarios:

Publicar un comentario